La IA que todo lo devora

En la conversación que el otro día mantuve con el magnífico escritor Marcos Giralt Torrente para mi nuevo videopodcast (“El diván de Wonenburger”), el autor de “Los ilusionistas” me llamó ingenuo. Defendía yo que como la IA ganaría mucho dinero con los libros, películas, cuadros y músicas más populares (los best-sellers concebidos en serie y con una inversión mínima), se podrían reservar algunos recursos sobrantes para destinarlos a impulsar nuevas creaciones aun propiamente humanas, realizadas con cierta ambición artística, estética, incluso experimental. 

Quizá yo sea un optimista irredento, capaz de creer aún en la necesidad de una revolución de la auténtica inteligencia, que seguramente nunca se dará. Pero ciertamente aparecen ciertos signos que no hacen más que fomentar el alarmismo de los autores que, como Giralt Torrente, no constatan ningún detalle positivo en la nueva tecnología que permita albergar una cierta esperanza, incluso, sobre la inmediata pervivencia de algunos de los valores que han sostenido la civilización, tal como la hemos conocido hasta ahora. 

Algunas personas advierten de que las inimaginables inversiones de cuantiosas cantidades de dinero indispensable para alimentar a la bestia provocarán que la humanidad tenga que trabajar ya solo para hacerlas rentables. Es decir, que en breve pagaremos por todo, incluso más que ahora, casi hasta por el aire que respiramos, para que los dueños de las empresas propietarias de los principales modelos de IA sean capaces de rentabilizar su apuesta.

Y no ocurrirá, por ejemplo, como con compañías del tipo de Spotify, que aún aguardan poder hacer algún día rentables sus deficitarios negocios o, si no, lograr vendérselos por sumas fabulosas a otros inversores capaces de reinventarlos o con mayor capacidad de resistencia. Los dueños del nuevo tinglado quieren ver beneficios cuanto antes, por ellos y sus accionistas.

Un ejemplo es lo que se ha anunciado estos días sobre los videojuegos, que van a dejar de producirse físicamente. A partir de ahora, solo se servirán online, mediante el pago de un alquiler por un tiempo definido. 

La posesión del objeto que se puede ver, tocar, almacenar y disponer del mismo cuando se quiera ya no será una opción. La IA, que prescinde a marchas forzadas de los programadores, tan codiciados hasta ayer mismo, servirá desde ahora los nuevos productos, como en buena medida ya sucede con las películas. Si usted los quiere, ya solo podrá acceder a este entretenimiento con el pago de una cuota. 

De modo que, si mañana ya no dispusiera de más recursos, se le agotaría también el crédito. “Game Over”, y sin tener el consuelo de al menos haber sido propietario de algo fungible que, por un contratiempo, pudiera incluso revenderse para lograr al menos una pequeña compensación. Preparémonos para pagar por las sombras, y nada más (como la canción).

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