La IA jubila a los “negros”

Cyrano de Bergerac estaría hoy en el paro. Peligra el trabajo de los “negros”.  No les queda ya mucho a los escritores por encargo. Redactar discursos, concebir novelas o elaborar cartas de amor por cuenta ajena, para que otro se lleve la gloria, a cambio de unos eurillos, tiene tanto futuro como las parejas que acuden a “La isla de las tentaciones”.

Ya en la antigua Grecia, para que Platón y sus amigos pudieran dedicarse tranquilamente a meditar sobre el ser y la nada, el servicio se ocupaba oportunamente de las letrinas y la cena. Ahora hemos sabido que estudiantes de las universidades norteamericanas disponían de sus propios lacayos, trabajando para ellos a destajo haciéndoles sus tareas por un pequeño jornal, durante jornadas maratonianas.

Un reciente reportaje del New York Times acaba de desvelar que en Kenia funcionó durante casi tres décadas toda una moderna industria montada para responder, en el acto, a las necesidades de los usuarios (llamarlos alumnos sería una extraña concesión) de centros académicos, particularmente estadounidenses, pero también de otras naciones anglosajonas. 

Hasta hace unos cinco años, 40.000 jóvenes, solo en el entorno de Nairobi, se dedicaban durante día y noche a elaborar los trabajos prácticos que les encargaban desde el extranjero O sea, si a un alumno de Literatura, pongamos que de la Universidad de Cornell, su profesor le requería un ensayo sobre las relaciones entre el hermafroditismo y la novela de autores sureños, aquel no tenía por qué renunciar a acudir a las fiestas organizadas durante el fin de semana para empaparse del tema y escribir algo mínimamente sustancioso. Mediante una módica transferencia de 10 dólares, podía solicitar a una de estas eficaces empresas africanas que se lo hiciera por él. 

Tan buenos resultaban los proveedores de deberes, algunos de los cuales renunciaron a ejercer las profesiones que ellos mismos habían estudiado en su país para dedicarse en exclusiva a este empeño, seguramente más lucrativo, que uno de los clientes habituales de EE UU le envió al suyo una copia de su propio título, al graduarse, acompañado de una nota que decía “esto es de los dos”.     

Ahora se entiende perfectamente que los chicos, además de formarse en sus respectivas carreras, pudieran disfrutar de las valiosas horas necesarias para empaparse de Lenin, organizar manifestaciones en favor de los derechos de los gazatíes (elaborando de paso vistosas camisetas con consignas de apoyo a Hamás, esos héroes de la libertad) o, más menudo, desarrollar seminarios para sacar definitivamente a la luz todas las iniquidades del hombre blanco, único beneficiario de los lacerantes privilegios de raza y clase que tuvieron su origen en la esclavitud o el heteropatriarcado, que tanto da.

Jugaban con ventaja. De sus padres seguramente habían aprendido que la riqueza bien empleada sirve, en primer lugar, para comprar el bien más preciado, tiempo. A ellos les sobraba para consagrarlo a sus primordiales inquietudes, nada que ver con esos odiosos encargos de las clases. Para ese trámite ya contaban con sus propios “negros” que, además, esta vez, lo eran de verdad.

Pero como aquellos codiciosos europeos que se llevaron el caucho del Amazonas hasta Asia, dejando a los pobres trabajadores brasileños de Manaos sin su principal fuente de sustento, ahora la Inteligencia Artificial se ha ocupado también de poner fin a este otro beneficioso cultivo. 

Los keniatas están desesperados, no es para menos. Sus compradores del primer mundo los han sustituido por Claude (y los otros parejos ingenios de la IA). Sin mayores escrúpulos, sacando cuentas, han descubierto que su nuevo lacayo les cuesta más o menos lo mismo (a ellos o a sus padres), pero con la ventaja de poder llevarlo en el bolsillo y emplearlo en cualquier momento. 

La ley de la oferta y la demanda no ha significado una nueva abolición la esclavitud en los campus donde se forman las élites del mundo, simplemente se ha adoptado a otros siervos, más eficaces, al menos hasta que el sumiso Claude se convierta en Espartaco. 

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