Bocados de realidad

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Bocados de realidad

Vivimos permanentemente saturados de actualidad. Un torrente a menudo vacuo de noticias, con sus correspondientes imágenes, se renueva a cada instante. Y contribuye a ofrecer del mundo esa apariencia ilusoria, caótica, esperpéntica, apocalíptica, que a algunos les ha llevado a sugerir la inminencia de un final precipitado que, como en «El ocaso de lo dioses», conlleve quizá un nuevo amanecer, la esperanza incierta de una existencia más armoniosa, justa y equilibrada, basada en otros valores.

Por detrás de las sombras que nos sumergen en la penumbra del perenne desconcierto, existen hilos conductores que, si se extraen al exterior, convenientemente aireados, permiten establecer las imprescindibles conexiones que otorgan un cierto sentido al conjunto, acotando sus límites para entenderlo mejor.

Aunque sirva de poco, a veces conviene reflexionar en voz alta sobre estas líneas maestras que, en definitiva, constituyen la materia prima de la cultura: descubrir las extrañas relaciones entre asuntos que parecen ajenos, desconcertantes, paradójicos. Lo son.

El cine, la música, la literatura, el arte ofrecen herramientas indispensables que nos facultan para apreciar el reverso a veces deliberadamente ignorado, el sentido preciso y oculto de la realidad más trivial. A ello conviene aplicarse con algo de rigor y fantasía, finas gotas de ironía, relativas dosis de una refrescante frivolidad. Para no perder nunca la cordura ni rendirse definitivamente al abatimiento. La verdadera seriedad, la reflexión más profunda nunca han estado reñidas con el humor.

Aquí también se hallan, además, envueltas entre opiniones personales, a ratos voluntariamente malévolas pero sin ánimo de ofender a nadie (otra cosa es incomodar), las recomendaciones de esos breves fogonazos que conceden a la vida su inextinguible encanto: un concierto, una película, un poema, un cuadro, el amor…

«La libertad de expresión es decir lo que la gente no quiere oír» (George Orwell)