El amor en los tiempos de ChatGPT

María y Félix se conocieron, como sucede a veces en estos tiempos apresurados y virtuales, a través de una reconocible aplicación de citas. A ella le llamó la atención la foto en la que el chico aparecía en la cima de un peñasco, absorto en la lectura de un libro que seguramente fuese un volumen de «Superhumor», aunque también podría tratarse de algo de Paul Auster, tirando por elevación y sin discriminar.

Él, en cambio, en lugar de agrandar la imagen correspondiente, como hizo María por intentar descubrir el título de la posible novela, también se aplicó en lo propio, aunque en su caso, con afán de escrutar hasta el más mínimo vestigio de piel no oculta por el biquini de su próxima conquista, en aquella instantánea donde ésta aparecía junto a un par de amigas, algo difuminadas y de espaldas, durante un relajado día playero.

Las conversaciones iniciadas antes del primer encuentro no podían haber resultado más propicias para la joven, sorprendida por la agradable fluidez de la escritura del conquistador, su precisa sintaxis, la correcta puntuación. Aunque lo mejor se reservaba para el contenido: esa apasionada defensa de películas como «El diario de Noah», o la literatura de Javier Marías, la tenían embelesada. Jamás habría esperado hallar en las redes de Cupido a un chico tan interesante.

Fijada la primera cita, a María empezaron a entrarle las dudas, ciertos agobios de última hora. Pero como todo va tan rápido, y no era cuestión dejar escapar a aquel extraño ejemplar de varón, una cosa dio paso a la otra, con la última cerveza apurada hasta el catre.

Ya en la habitación del hombre, los temores de la invitada se precipitaron casi desde el primer instante. Vale que los padres no le dejaran una balda libre para sus libros en la estantería principal, toda invadida de figuritas y retratos familiares, pero ni en su propio dormitorio…

Además, colgado encima de la cama, en lugar del póster de la última película de Jonás Trueba, tenía otro «vintage» del primer «Torrente», con lo que en algún momento ella había tenido que cerrar los ojos no para recrearse mejor en cada instante minucioso de pasión, sino para evitar el encuentro próximo con el acné de Santiago Segura.

Ya como colofón, la banda sonora de la lujuria que Félix había programado consistía en una recopilación de los últimos éxitos de Omar Montes. Nada menos erótico, además de poco adecuado para la prórroga, más relajada y proclive a las hondas revelaciones.

No, la cosa no terminó bien para el amor. Aunque María aún parecía dispuesta a ciertas concesiones, a la búsqueda de improbables respuestas, más por certificar la validez de sus propias sospechas (los expresivos mensajes no se correspondían con la naturaleza vulgar y el carácter desabrido del emisor), su compañero, una vez culminado aquel primer y único asalto, se había vuelto para ella un fantasma súbitamente enmudecido. Nunca volvió a contactar con ella. Desapareció prolongando el enigma.

A las pocas semanas, y por consejo de una de sus amigas, que se la encontró algo mustia y alicaída, María pareció haber hallado un nuevo ligue, tan encantador, atento e ilustrado como le había parecido aquel fugaz amante de una sola velada, durante sus preliminares escarceos epistolares. Esta última adquisición respondía al nombre de Aquiles, un bot de ChatGPT.

Así fue como logró reparar en que el mismo, o similar prodigio virtual, bajo otra identidad, había instruido antes a Félix en las sutiles artes, puestas al día, del donjuanismo, aportándole seguramente sus esenciales armas.

Despejada de la ecuación el vulgar imitador, la chica prefirió concentrarse en frecuentar al conquistador original. Aquel último proyecto de pareja, a pesar de su cibernético envoltorio, se volvería desde ese preciso momento (quién sabe por cuanto tiempo), inesperado e inseparable confidente, y aún puede que más, de María, cuyas carencias en otros terrenos ella había escogido suplir mediante la imaginación, amante tantas veces más pródiga, resolutiva y desde luego leal.

Sí, la tecnología vale lo mismo para un roto que para un descosido.

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