Lecciones de arquitectura de un maestro cabreado

En Filmin estrenan un documental sobre un personaje fascinante, de otra época. Óscar Tusquets es arquitecto, pintor y a veces escribe de maravilla sobre asuntos de interés, el Arte y la vida, en libros repletos de inteligencia, humor y sentido común, como “Sin figuración, no hay diversión”, donde cuestiona desde dentro, o sea, con su propia experiencia, algunos de los dogmas del arte contemporáneo, tan propicio a la impostura y el camelo.

Pertenece este hombre a esa rara estirpe de genios a los que todo se les da bien, para desesperación de quienes solo ejercen como rutinarios maestros de la envidia. En un momento de la filmación, Tusquets, al que además siempre le fue de maravilla, como apunta en un momento Antonio López con cierta envidia de clase, desvela el motivo fundamental de que ya no trabaje en su primera profesión. 

Recuerda que al poco de graduarse (ha superado con elegancia, buenos licores y algo de mala leche los 80 años), cuando un arquitecto iba a la obra, casi le hacían reverencias. Se respetaba su fundamentado criterio, se atendían sus órdenes como los designios de alguien que había pensado antes sobre todo aquello con conocimiento de causa, y mucho estudio.

Ahora, sostiene, a los nuevos profesionales se les considera poco menos que un incordio, bedeles del urbanismo al servicio de la política, pues las mayores obras pertenecen a lo público. Si se permiten sugerir cualquier cambio para mejorar este o aquel aspecto sobre la marcha, ya están estorbando como moscas cojoneras. 

Conviene no salirse del plano. El resultado que se pretende no es el del oficio al servicio de la imaginación, sin caer en la excentricidad o el derroche, sino la mera adecuación a un sinfín de taxativas normas municipales, regionales o comunitarias que excluyen cualquier atisbo de libertad creadora y desaniman a los más audaces.

La forma perseguida, el contenido final lo impone el burócrata de turno, según una retorcida maraña legislativa para que todo resulte lo mismo, esa uniformidad que convierte a las ciudades modernas en cementerios. Gaudí, hoy, tendría que emigrar a Emiratos Árabes para plasmar sus sueños.  

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