Cuando el amor no vale el esfuerzo

Sí, seguramente Santa Teresa lo clavó. Por eso años más tarde Truman Capote se sirvió de aquel acierto para titular su obra postrera, la definitiva, que tantos desvelos le procuró al final de la escapada. La religiosa de Ávila dijo algo así como que se podían contar más seres desgraciados en los destinatarios de plegarias atendidas que entre el resto, aquellos que no rascaron bola a pesar de su inquebrantable fe en el poder de la súplica fervorosa.

De otro modo, se suele afirmar que hay que temer por el cumplimiento de aquello que más se desea, como si la magnitud del empeño ya anticipara el fracaso o llevara implícita una inevitable condena por la osadía.

Y ese es precisamente el punto de arranque de la película que estos días arrasa en las taquillas mundiales, sobre todo entre los miembros de la generación Z; aunque en la abarrotada sesión a la que pude asistir este pasado fin de semana, por enterarme de las razones de este éxito fulgurante (la curiosidad se niega abandonarme), había público de todas las edades.

“Obsesión”, de Curry Barker, un joven director de veintiséis años (Orson Welles no era mayor cuando ofreció al mundo la maravilla de su “Ciudadano Kane”, otra cosa), costó menos del millón de dólares y lleva recaudados ya más de trescientos, un parte aquí mismo, en España. 

Entiendo que estos filmes de sustos, capaces de sacudir al espectador en la butaca cada cierto tiempo, bien medido, provoquen en algunos esa suerte de calambre emocional que ya no encuentran ni en el fútbol, fatalmente herido de tedio mediante las traicioneras pausas de hidratación, ni mucho menos en unas vidas programadas donde las únicas sorpresas suelen presentarse en forma de requerimiento de la Agencia Tributaria o subida del gas.

Pero en el filme, a poco que se escarbe, hay más. Puede extraerse alguna conclusión interesante acerca de los asuntos más cotidianos que preocupan ahora a los jóvenes. 

Por ejemplo, se dice que los chavales ya no se relacionan como en otras épocas, que eso de ligar resulta ahora una lata, pese a las nuevas tecnologías, a la que ni siquiera la esperanza de poder calmar al perro hambriento que fielmente nos acompaña siempre, mediante un perseguido acoplamiento, concedería ya el menor interés.

Seguramente se exagere, aunque quizá sea cierto que la escasa permeabilidad frente al fracaso que muchos de estos chicos llevan impresa como sello indeleble desde la cuna, por culpa de unos padres demasiado protectores, solícitos y condescendientes haya convertido la frase de Spinoza en axioma paralizante: “No hay esperanza sin temor”. Y de esa manera, hubiesen decidido evitarse prudentemente el desasosiego. Muerto el perro, fuera la rabia.   

El protagonista, Bear (Oso), desea a la chica (Nikki), pero también ahorrarse tanto el pesado trámite del cortejo como sus posibles funestos resultados: una vergonzante derrota. Así que recurre a un inesperado sortilegio para embaucar al objeto de sus íntimos desvelos. Privándola de su voluntad, logrará que esta se enamore de él al instante, evitando los esfuerzos. 

Pero tras los fuegos artificiales de los preliminares encuentros entre las sábanas, Bear descubrirá que este amor mágico resulta demasiado intenso para sus primerizas expectativas. 

Casi de inmediato comprobará que su amada posee todos los tics que seguramente lo habían prevenido frente a la posibilidad de iniciar cualquier relación: los celos asfixiantes, las extremas demandas de una entrega incondicional que cercena su libertad individual de un modo absoluto, los reproches, las broncas, el empoderamiento aquí convertido en verdadera pesadilla frente a su precaria felicidad.

Una de las posibles tesis de esta historia, bien resuelta e interpretada, puede resultar lo más sorprendente (e inquietante) de este viaje. No valdría la pena correr riesgos, ni siquiera cuando se cree contar casi con todos los ases en la mano para el éxito. Lo de probar fortuna en el amor, incluso en condiciones favorables, únicamente puede servir para complicarse la vida de un modo que seguramente resulte terrible. Casi mejor solos. Al menos, ellos. ¿Y qué dirán ellas, que también han corrido a verla contribuyendo al encumbramiento de este reciente fenómeno cinematográfico? 

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