A principios de los 60, Julián Marías, el leal discípulo de Ortega, ya alertaba en uno de sus lúcidos ensayos sobre la mercantilización del deporte: “Ha perdido su atracción como ideal; ya no es una manera de vida, un incentivo, sino un espectáculo y un negocio. La enorme fuerza actual del deporte no consiste en que muchos lo practiquen ilusionadamente sino que las muchedumbres lo contemplan -a veces ni siquiera directamente, sino en las pantallas de televisión, en un local cerrado-y hacen apuestas de él. El estadio se aproxima inquietantemente al casino”.
Aplicadas al fútbol, el rey de las competiciones deportivas, las oportunas reflexiones del filósofo mantienen su absoluta vigencia en estos tiempos. La FIFA ha convertido al Mundial en un extraordinario negocio hasta acotar la emoción. Más equipos artificiales (algunos representantes de estados fallidos, como Haití) solo suman tedio en vez de concentrar la máxima expectación.
Y las pausas de “hidratación”, que en realidad solo buscan proporcionar tiempos muertos (como en el baloncesto o el tenis) para rellenarlos de publicidad a precio de oro, quiebran la fluidez imprescindible en un deporte que exige mayor dinamismo en estos tiempos frenéticos, donde la atención vuela de un lado a otro al albur de cualquier inaplazable reclamo.
Podría afirmarse, como Marías sugiere también en otras líneas, que la encarnación del ideal deportivo debería hallarse en lo que se conoce como “deporte de base”, el que practicarían más asiduamente niños o aficionados, lejos de las expectativas comerciales que hoy parecen impregnarlo todo para desplegar su encanto primigenio: la diversión, la camaradería, la salud, la búsqueda de la excelencia sin agobios, …
Pero hasta ahí ha llegado la perversión de la competitividad extrema, azuzada por el interés particular de empresas e individuos. Los padres mismos han convertido a sus hijos en billetes de lotería. Si los apuntan a clases de tenis es solo ya con la única esperanza de que se conviertan en Nadal o nada.
Sus propias frustraciones podrían quedar redimidas en la cancha, si esos ojeadores de equipos de fútbol que se dedican a asaltar las cunas en busca del próximo Lamine supieran advertir en el fantasioso regate de su retoño alguna millonaria filigrana.
De ahí que si al entrenador, otrora un aliado en la forja de valores (como el protagonista de la estupenda serie “Friday Light Nights”, que vuelve a emitirse), no le da por alinear al próximo Lamine, aquel se convierta inmediatamente en un “hijo de puta” al que sacudirle sin contemplaciones en cualquier ocasión.
Poca diferencia se aprecia ahora entre los Ultrasur del Bernabéu y esos progenitores que en invierno acuden con espíritu marcial a los partidos de fin de semana de sus niños, dispuestos a pegarse con quien haga falta si el vástago no luce como es debido (siempre será culpa de alguien), o incluso a retirarle la palabra al propio chaval durante la comida familiar si resulta que no ha anotado un “hat-trick”.
Y a pesar del desencanto de estos tiempos perplejos, que en realidad son como todos, a veces resulta imposible no dejarse seducir por las actitudes, sobre el terreno de juego, y el formidable despliegue de talento de ciertas leyendas actuales del deporte.
Todo parece presagiar que Cristiano Ronaldo y Lionel Messi se retirarán, al menos de la más alta competición por equipos, cuando concluya este Mundial. Más allá de la recolección de admirables récords, que constituyen solo el aporte estadístico sobre el que se construye el mito para la posterioridad, su constancia causa el mismo asombro que en Frank Bascombe, aquel periodista deportivo que alumbró Richard Ford, provocaba ver a “deportistas ya maduros que siguen ‘entregándose’ y dándolo todo. Esto no es muy frecuente y es el preciado don de un Dios complejo”.
Un don que, como todos, es preciso cultivar sin desmayo. De ahí que el ejemplo de estos dos insaciables perseguidores de sueños, fruto de la ambición, el sacrificio y la infatigable búsqueda de la perfección deba exaltarse sin temor a caer en el fanatismo o la idolatría. Aseguran que ya tienen remplazo en los Yamal, Haaland, Mbappé, … Quién sabe.