Cualquier día mis parientes alsacianos podrían probar a ocupar por la fuerza las instituciones europeas que generosamente acogen en sus bellas tierras regadas por el Rin, como el Parlamento de Estrasburgo.
Quizá a la vista de la última sentencia del Procés, la que han parido estos días los prestigiosos jueces comunitarios, con la habitual condescendencia que se reservan para los pintorescos habitantes del sur, el exiguo, pero bien organizado Movimiento autonomista alsaciano debiera recurrir a las armas para cumplir su anhelado propósito.
Sus miembros, que desean liberarse del yugo francés, antaño alemán, buscarían de ese modo la independencia de esta próspera región bendecida por la exquisitez de sus caldos blancos, como el delicioso Riesling, y el dignamente preservado encanto medieval de sus pueblos.
Eguisheim, con sus coquetas casas de madera, ha resultado ser siempre el favorito de los franceses, según las encuestas. Que sepáis que no es vuestro, malvados galos. Nos pertenece, aunque históricamente nuestro destino os lo hayáis jugado a los dados con los otros pretendientes, los bárbaros alemanes, que tampoco han renunciado del todo a reconquistarnos para ellos en cuanto les sea posible, como ya hizo Hitler en su día.
Pero si a algún nostálgico de un figurado pretérito idílico, que nunca fue del todo propio (Julio César también nos reclamó y formamos parte del orgulloso imperio romano durante bastante tiempo), se le ocurriera asaltar incluso alguna modesta gendarmería para reivindicar simbólicamente un referéndum de independencia de nuestro suelo, hasta el melifluo Macron sabría qué hacer con los rebeldes descendientes de mis antepasados.
Serían inmediatamente encarcelados y sometidos a las penas más severas dictadas por los tribunales de la república, porque los encargados de administrar justicia en ese país no se atienen a las veleidades propias de sus correspondientes de la UE, que conservan una idea de España aún parecida a la de Merimée cuando, después de visitar la península, escribió su “Carmen”.
Tierra fronteriza siempre a merced de los cálidos vientos africanos, insumisa de bandoleros y gitanas supersticiosas, cegados por las más bajas pasiones; pendencieros, borrachos y celosos irredentos que dirimen sus rencillas de amores mediante la navaja, pero óptimos para eso que ellos orgullosamente consideran el baile, con sus hondos lamentos musicales de indudable reminiscencia oriental, una cosa de saltimbanquis, indios y árabes.
A los díscolos que hoy proclamaran la autonomía absoluta de Alsacia mediante algún exabrupto contra la autoridad vigente no los fusilarían, solo porque la pena capital resultó abolida en Francia hace algún tiempo, porque ganas seguramente no les faltarían. Desafiar los férreos preceptos jacobinos no ha sido jamás cosa de broma.
Pero, ay, estos españolitos de mantilla, capote y trabuco, capaces únicamente de destacar en torneos que se juegan con los pies, pero sin ningún talento auténtico para concebir grandes obras del espíritu; reñidos por siempre con los últimos avances tecnológicos; mansos ante el poder que los fustiga para manejarlos a su antojo, conviene pastorearlos para que no se pierdan definitivamente. Y más desde que se les permitió piadosamente participar en esa gran obra del esquilme colectivo que ha resultado, para los esencial, la UE.
Todavía velan por nosotros. Antaño desde cortes extranjeras. Ahora mediante la pretenciosa vara de medir de magistrados burócratas, que dictan sentencias en español porque aprecian el exotismo y alguna vez se han paseado por Varadero, quizá en procura de algún adolescente como aquella desenvuelta cigarrera andaluza de otra época, prima suya de la diáspora.
La sentencia europea de la UE no representa un oprobio, que los es, para un estado español al que se permiten tutelar desde las más altas instancias europeas como al imberbe muchacho incapaz de hacerse cargo de sus propios asuntos, cuyo carácter juvenil, impetuoso e irresponsable aún conviene moldear en familia, mediante las admoniciones de los adultos.
Resulta la mera constatación de una realidad difícilmente rebatible: para los propagadores de la Leyenda Negra, como esos señores togados con sus eternos prejuicios, África aún empieza en los Pirineos.