Artículos periodísticos

María y Félix se conocieron, como sucede a veces en estos tiempos apresurados y virtuales, a través de una reconocible aplicación de citas. A ella le llamó la atención la foto en la que el chico aparecía en la cima de un peñasco, absorto en la lectura de un libro que seguramente fuese un volumen de “Superhumor”, aunque también podría tratarse de algo de Paul Auster, tirando por elevación y sin discriminar.

Él, en cambio, en lugar de agrandar la imagen correspondiente, como hizo María por intentar descubrir el título de la posible novela, también se aplicó en lo propio, aunque en su caso, con afán de escrutar hasta el más mínimo vestigio de piel no oculta por el biquini de su próxima conquista, en aquella instantánea donde ésta aparecía junto a un par de amigas, algo difuminadas y de espaldas, durante un relajado día playero.

Las conversaciones iniciadas antes del primer encuentro no podían haber resultado más propicias para la joven, sorprendida por la agradable fluidez de la escritura del conquistador, su precisa sintaxis, la correcta puntuación. Aunque lo mejor se reservaba para el contenido: esa apasionada defensa de películas como “El diario de Noah”, o la literatura de Javier Marías, la tenían embelesada. Jamás habría esperado hallar en las redes de Cupido a un chico tan interesante. 

Pla, el gran escritor catalán, solía concebir sus reflexiones, al menos mientras vivió en Madrid, en la cama. “¿Hay algo más noble y correcto que dormir?”, llegó a interrogarse el autor de “El cuaderno gris”. 

Y Chesterton, por su parte, ya había consagrado un breve ensayo a ensalzar las virtudes de ese “punto de inacción” que no solo consistiría en el sueño, sino en esa dulce prolongación que faculta dilatar el tiempo hasta lo imprescindible, sin abandonar los términos ventajosos del colchón.

Aún más próximo a nosotros en el tiempo, otro autor, Bernd Brunner, ha publicado recientemente “Vivir en horizontal” (historia cultural de una postura), que también incide en la materia. 

Según su interesante tesis, ya no serían solo los “acostados”, quienes dimiten de la vida activa para centrar en el lecho todo su mundo (a veces con consecuencias artísticas formidables, como en los casos de Matisse, que pintaba tumbado, Proust u Onetti).  

Apunta Brunner que “nuestra agotada sociedad postmaterial está en proceso de repensar las cosas, y la revalorización de la posición horizontal se encuentra en pleno auge”. 

Permanecer en el catre “sine die” ya no resultaría algo indigno propio de seres perezosos, espíritus inconsistentes, eternamente cautivados por la molicie.

La reciente aparición de Isabel Preylser en “El Hormiguero” se ha vuelto a saldar con previsible éxito, ahora potenciado además por la presentación de sus memorias sazonadas de varios jugosos episodios epistolares. 

Lo que se dice en esas cartas desveladas seguramente para aportar algo de contenido al último tramo de la vida de esta famosa dama (del resto se sabe ya más o menos todo, o al menos lo esencial), interesa por lo que apunta acerca del principal redactor: hasta un premio Nobel de literatura es capaz de incurrir en la cursilería más atroz cuando se trata de pescar. 

Tampoco esto debería sorprender a nadie. El propio Vargas Llosa, en más de una ocasión, se confesó como gran admirador de Corín Tellado, maestra suprema en la materia de edulcorar hasta las más bajas pasiones. Pero estas supuestas debilidades, destinadas inútilmente a apear a ciertos talentos superiores de sus pedestales, suelen aportar dicha a los espíritus mezquinos y mediocres, los más abundantes.

A raíz del descubrimiento de esta inédita faceta literaria, posiblemente fruto de un oscuro encargo (se denomina “negros” a estos amanuenses, al menos hasta que en Harvard tomen buena nota y protesten), y del nuevo éxito televisivo de su protagonista, los últimos debates han versado

Creo recordar que era en “Annie Hall”, pero también podría tratarse de “Manhattan”. Da lo mismo. Woody Allen, su personaje (siempre él), enumeraba la lista breve de aquellas cosas por las que siempre valdría la pena vivir y, entre otras, mencionaba el segundo movimiento de la “Sinfonía número 41, ‘Júpiter’” de Mozart. 

Franco Battiato, el inefable cantautor italiano, repetiría algo similar en una de sus creaciones, “Mesopotamia”, y como uno de sus esenciales asideros, aún más taxativo en el recuento, se refería a la “misantropía celeste de Benedetti Michelangeli”. 

Una curiosidad: otro extraordinario trovador contemporáneo, crítico cinematográfico en sus primeros tiempos, Caetano Veloso, le dedicó a Michelangelo Antonioni una canción. Antonioni y Benedetti Michelangeli no tienen nada que ver salvo que ambos compartieron patria, la bella Italia. Uno era cineasta y el otro pianista. Aunque bien mirado, quizá sí: el autor de “El eclipse” era considerado un “poeta de la incomunicación”, y al gran intérprete moderno de Debussy (con permiso de Gieseking) se le resistía el habla por hábito.

Arturo Benedetti Michelangeli (1920-1995) fue un temprano prodigio: hace casi cien años, cumplidos los catorce, se diplomó de piano en el Conservatorio de su Brescia natal.