Al final de “Hacks”, la formidable serie satírica de HBO que acaba de concluir, la protagonista, una añeja estrella de la comedia popular, desea despedirse a lo grande. Por eso alquila el Madison Square Garden para celebrar un último show, rodeada del cariño de miles de sus leales admiradores.
Pero en su camino se cruza un poco empático empresario de las nuevas tecnologías que, cabreado porque la mujer no quiere colaborar con su IA, decide comprar todas las entradas del espectáculo para fastidiarla como un lejano imitador de Lex Luthor.
Cuando la dama se entera de que actuará para un auditorio vacío, resuelve entonces abrir el evento gratuitamente a su público, trasladándolo hasta el vecino Central Park con el permiso de las autoridades. De ese modo, se garantiza un inolvidable baño de masas, encantadas con el inesperado regalo de su diva favorita.
Quizá la estrella del pop Taylor Swift, que recientemente acaba de celebrar su boda también en el Madison Square Garden, para mil invitados, mientras sus fans se arremolinaban en el exterior apretujados contra las vallas dispuestas por la municipalidad, tendría que haber hecho algo parecido.
Si la cantante y su esposo, un jugador de fútbol americano, se hubieran casado en el parque cercano, en un enlace abierto al público hasta completar el aforo, sus seguidores no tendrían que haberse conformado con ver la imagen fugaz de los famosos bajándose de sus limusinas.
Ni tampoco pujar después, a través de Internet, como ha sucedido, por la basura producida durante el enlace para hacerse con un efímero recordatorio de aquella dicha exclusiva, probablemente la cáscara vacía de una de las infinitas langostas consumidas.
A esta chica, que tanto afán puso en saborear el aliento de tantos sapos antes de reconocer a su verdadero, definitivo príncipe, solo cabe augurarle un matrimonio feliz y duradero. Su empeño y constancia, su infatigable apuesta por el amor, lo merecen.
Pero sin algún día, como sugiere Manuel Alejandro, las antiguas cintas blancas llegaran a convertirse en cadenas para ella, y decidiera deshacer el vínculo que en su momento consagró el oficiante Adam Sandler (que es como si a tus padres los hubieran casado Chevy Chase o Fernando Esteso), al echar la vista atrás, comprobaría alguna verdad incómoda.
Si a la pena de la pérdida del amor se sumara, además, pongamos por caso, la de su colosal fortuna como resultado de haberle confiado su manejo a algún nuevo Bernie Madoff, de aquel millar de amigos que la acompañaron en el día más feliz de su vida, le quedarían, como mucho, no más de tres.
En cambio, entre aquella muchedumbre alborozada a la que le hurtó el paso al deportivo recinto neoyorquino, donde triunfaron Cassius Clay, Frank Sinatra y últimamente los Knick’s, seguro que aún habría de encontrar un hombro acogedor sobre el que verter las lágrimas del desconsuelo. Las mismas destinadas a conformar un posible nuevo álbum redentor con el que recuperar prestigio, dinero y, entonces, sí, a varios más, sino todos, de sus antiguos invitados.