
El otro día un buen amigo, una personalidad del mundo de la cultura, me confesaba a media voz un secreto que nadie más próximo debía escuchar. El hombre se halla sinceramente aterrado. Por circunstancias familiares, es muy posible que se tenga que marchar a vivir a París, donde debería ser más que afortunado.
No hay otra ciudad con una actividad cultural semejante en Europa (Berlín, quizá), un lugar donde hasta un paseo por sus cementerios puede alegrarle a uno la mañana, si conserva la curiosidad y algo de fetichismo por los grandes nombres y gestas del intelecto.
Disfrutar de la inagotable oferta de la capital francesa, donde hasta una reposición en la filmoteca aun provoca grandes colas por el interés de la gente; con sus cinco teatros de ópera y los infinitos museos, … y encima siendo un artista reclamado en varios países, que puede ir y venir, sin tener que permanecer todo el tiempo anclado en el Café de Flore contemplando la vida pasar desde su terraza, parece un inesperado regalo del destino. Aparte de unos ingresos habituales que lo librarían de tener que residir en la “banlieu”.
Entonces, ¿cuál podía ser el problema? Con voz queda, y mirando casi de reojo, me lo confesó: “Como todo el mundo sabe, París se encuentra hoy islamizada. En cualquier momento pasará algo”.
Casi de inmediato me dio por conectar esta frase con algo que hace un tiempo me había dicho una de las mujeres más ricas de España: no la primera ni la segunda, pero por ahí. Hablándole de Madrid, de la transformación del centro por la zona de Alcalá hasta la Puerta del Sol, hasta hacer el paseo más agradable, me aclaró que ella jamás pisaba la calle.
El resultado de las obras le importaba un comino. Con su leve pero perceptible gesto de desagrado me trasladó que aquello solo le concernía a esa chusma viandante, con la que ella no tenía la más mínima intención de mezclarse. Para evitarle ese inconveniente ya había trabajado su padre.
Ahí se halla parte del gran problema español de nuestro tiempo, la retirada e indiferencia de nuestras élites. Ante un asunto como el de la inmigración, que ha estallado estos días en toda su cruda realidad, los intelectuales callan, como mucho señalan a la luna.
No hay aquí un escritor, como Houllebecq en Francia (si acaso Pérez-Reverte en algún momento), con el prestigio, la lucidez y el coraje para decir la verdad: que la imprudente política de puertas abiertas es el polvorín sobre el que nos hallamos cómodamente sentados, a la espera de que un día vuelva a pasar lo de Atocha, Las Ramblas o Cambrils, todavía mejor organizado.
De “Cronos”, la reciente película sobre los atentados de Barcelona, queda la desoladora imagen de esa policía que no da crédito a lo sucedido, pues ella misma había tratado al responsable en circunstancias bien distintas. Para esta mujer, resultaba casi como haber descubierto que Lamine Yamal dedicara parte de su ingente salario a financiar células yihadistas.
Los terroristas españoles, de origen magrebí, pertenecían a la segunda generación, se habían criado con los otros niños del barrio, en Ripolls. Eran educados, amables y serviciales. Hasta ese día en que sintieron la llamada ancestral de la tribu, el compromiso eterno con otros dioses, la sed insatisfecha de antiguas venganzas.
Por el otro lado, tampoco cabe esperar nada. Los ricos, que en España suelen leer incluso menos que el resto, se sitúan por encima de la melé, sin haber desarrollado una visión común del país, ni sentirlo totalmente como propio salvo cuando añoran el sabor de las lentejas o la tortilla en el extranjero.
En privado muestran un desdén, más de clase que otra cosa, por las cosas que no funcionan, pero lo atribuyen, contra la dejadez e impericia de los políticos (a menudo sus lacayos), a una suerte de atavismo ibérico que se resolvería prácticamente con “los españoles no tienen remedio” (la tercera persona está bien empleada porque, a poco que se escarbe en su árbol genealógico, siempre habrá una fuga sanguínea hacia otras regiones más civilizadas del planeta).
Mientras puedan pagarse la seguridad privada, enviar a la prole a estudiar en Suiza y tengan bien organizada una postrera vía de escape, si al final vienen muy mal dadas, que un día acaso el Bernabéu llegara a convertirse en una mezquita es poca cosa: mientras se pueda organizar una Superliga en Miami…
Solo queda el pueblo, ese que se manifiesta estos días en las calles, el que aún por encima recibe indefenso las pedradas, el que en los próximos comicios aún concitará el mayor desprecio de quienes se empeñan en mirarlo por encima del hombro, con la condescendencia de quien tiene la vida resuelta, por no saber votar.
Lo que viene no es el fascismo, podría llegar a resultar algo incluso peor, la ira sin control de los desamparados cuyas demandas en todos los ámbitos, pero sobre todo en lo que tiene que ver con la seguridad y la economía, los dos pilares básicos de la convivencia solo encuentran eco en la indiferencia.