Pla, el gran escritor catalán, solía concebir sus reflexiones, al menos mientras vivió en Madrid, en la cama. “¿Hay algo más noble y correcto que dormir?”, llegó a interrogarse el autor de “El cuaderno gris”.
Y Chesterton, por su parte, ya había consagrado un breve ensayo a ensalzar las virtudes de ese “punto de inacción” que no solo consistiría en el sueño, sino en esa dulce prolongación que faculta dilatar el tiempo hasta lo imprescindible, sin abandonar los términos ventajosos del colchón.
Aún más próximo a nosotros en el tiempo, otro autor, Bernd Brunner, ha publicado recientemente “Vivir en horizontal” (historia cultural de una postura), que también incide en la materia.
Según su interesante tesis, ya no serían solo los “acostados”, quienes dimiten de la vida activa para centrar en el lecho todo su mundo (a veces con consecuencias artísticas formidables, como en los casos de Matisse, que pintaba tumbado, Proust u Onetti). Apunta Brunner que “nuestra agotada sociedad postmaterial está en proceso de repensar las cosas, y la revalorización de la posición horizontal se encuentra en pleno auge”.
Permanecer en el catre “sine die” ya no resultaría algo indigno propio de seres perezosos, espíritus inconsistentes, eternamente cautivados por la molicie. Frente a las inaplazables urgencias de la vida, esta variante de una cierta actitud contemplativa va cosechando en nuestras sociedades un lento pero progresivo prestigio.
Groucho Marx lo sabía perfectamente: “Nada que no puedas hacer en una cama merece la pena hacerse”.