Mafia y política se alían en una serie prohibida

Ha tardado cuarenta años en estrenarse, pero el resultado vale la pena, aunque sea como testimonio de lo que ha ocurrido en Italia durante mucho tiempo (posiblemente siga igual), y de las a menudo estrechas relaciones que a menudo llegan a forjarse, también en otros lugares, entre políticos de toda ideología y miembros de la delincuencia organizada.

Giuseppe Tornatore, luego consagrado con su única gran obra, a veces suficiente para justificar una vida en el arte, «Cinema Paradiso», rodó durante los primeros 80 una serie de televisión, en cinco capítulos, sobre la Camorra, una de las más virulentas facciones de la mafia.

Para «El camorrista» se reclutó como intérpretes principales a dos estrellas internacionales, Ben Gazzara, el amigo íntimo y colaborador habitual de John Cassavetes, y Laura del Sol, aquella actriz española a la que Carlos Saura hizo famosa con su «Carmen», en los 80. Pintaba muy bien, pero no se pudo llegar a estrenar. La Mediaset italiana la metió en un cajón seguramente siguiendo algún consejo de quien podía permitírselo.

Vista ahora (en España la ha recuperado una plataforma norteamericana), la ficción aguanta notablemente el paso del tiempo, no tanto por sus actores, que no están mal, pero a los que en los casos de Gazzara y Del Sol la necesidad del doblaje les resta fuerza y credibilidad, ni por su algo precaria puesta en escena.

Lo que justifica su máximo interés es la perenne validez de la denuncia: la muestra sin adornos de esas cloacas en las que ciertos personajes públicos, que en la superficie fingen despreciarse de acuerdo con los intereses a los que dicen representar, conviven sin ningún tipo de escrúpulo o rubor. Todo sea por el negocio.

Seguramente, la escena que en su día causó mayor revuelo, y quizá la causa de un veto que ha perdurado durante cuatro décadas, es aquella en la cual el profesor vesubiano, capo absoluto de la Camorra (Gazzara), recibe en su lujosa celda de la cárcel, decorada según sus pretensiones, a algunos dirigentes destacados de la Democracia Cristiana.

En un momento, el profesor se dirige a sus interlocutores y les suelta: «Hace poco, ustedes perdieron al presidente de su partido (Aldo Moro, ejecutado por las Brigadas Rojas), y entonces no movieron un dedo. Ahora, en cambio, se preocupan por el destino de un insignificante concejal de ayuntamiento… Qué raro…». A lo que uno de los invitados responde de manera tan sucinta y lacónica como significativa: «Ya ve usted…».

Comunistas de gatillo fácil, miembros del partido conservador en el poder, sanguinarios criminales… todos perfectamente alineados en un representativo, y a su modo eficaz para sus intereses más vulgares, totum revolutum. La serie hubiera supuesto un gran escándalo en su día, seguro. Hoy se ve como si fuese el telediario.

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